Fernando Piesco, presidente de la Fundación Dante Piesco, repasa el origen del proyecto. Los desafíos para frenar el tráfico ilegal y otras amenazas que afectan a los animales del monte
miércoles 11 de marzo de 2026 | 6:05hs.
Fernando cumplió el sueño de su hijo al crear Ohana.
Hace quince años, Fernando Piesco (43) llegó por primera vez a Misiones con una idea que, en ese momento, parecía simple: encontrar un lugar donde sus hijos pudieran crecer rodeados de naturaleza. Oriundo de Villa Ballester, en la zona Norte del Gran Buenos Aires, y amante de la biodiversidad desde siempre, la selva misionera lo cautivó de inmediato. Sin embargo, lo que comenzó como una búsqueda familiar terminó convirtiéndose con el tiempo en un proyecto de conservación que hoy tiene impacto en toda la provincia.
La historia que dio origen a ese camino también está atravesada por el dolor. Tras la muerte, a causa del cáncer, de su hijo Dante -quién soñaba con tener un espacio para cuidar animales y pidió jurar a sus padres que lo harían-, Fernando decidió transformar ese duelo en una acción concreta. De ese impulso nació la Fundación Dante Piesco, una organización que con el tiempo daría forma al Centro de Rescate y Conservación de Fauna Silvestre Ohana, ubicado en Salto Encantado.
En apenas dos años de funcionamiento, el centro pasó de atender alrededor de 300 casos a más de 900 ingresos anuales, una cifra que refleja no sólo el crecimiento institucional del proyecto sino también la dimensión de las amenazas que enfrentan los animales de la selva misionera.
El informe anual de la organización muestra el alcance del trabajo realizado durante 2025: 931 animales rescatados, 512 liberaciones, más de 1.700 personas capacitadas y siete procesos judiciales iniciados para combatir delitos contra la fauna silvestre.

Pero detrás de esos números hay historias concretas: animales heridos en rutas, crías separadas de sus padres para ser vendidas como mascotas o ejemplares víctimas del tráfico ilegal. Para Piesco, esa realidad obliga a pensar el trabajo de conservación desde una perspectiva más amplia.
“Durante mucho tiempo el rescate fue la prioridad. Pero con el tiempo entendimos que si no cambiamos las causas que generan esas situaciones, los animales van a seguir llegando”, resume.
En la entrevista con El Territorio, el presidente de la fundación repasa la historia del proyecto, analiza las principales amenazas para la fauna misionera y explica por qué hoy el desafío no es sólo rescatar animales, sino transformar el sistema que los pone en riesgo.
¿Cómo comenzó el camino que hoy desemboca en el centro de rescate Ohana?
Todo empezó con una búsqueda muy personal. Nosotros veníamos de Buenos Aires y queríamos encontrar un lugar donde nuestros hijos pudieran crecer en contacto con la naturaleza. Siempre tuve una conexión muy fuerte con el ambiente, con los animales, con la vida silvestre. Cuando llegamos a Misiones, sentimos que ese era el lugar.
Con el tiempo empezamos a pensar en la posibilidad de hacer algo concreto vinculado al cuidado de la fauna. Pero la vida nos atravesó con una experiencia muy dura, que fue la pérdida de nuestro hijo Dante. En ese momento decidimos que queríamos transformar ese dolor en algo que tuviera sentido y continuidad. Así nació la Fundación Dante Piesco y, más adelante, el proyecto de Ohana.
¿Qué significa hoy ese proyecto para ustedes?
Es una forma de honrar una historia, pero también es mucho más que eso. Hoy Ohana es un espacio donde se cuida la vida silvestre, donde se trabaja con profesionales de distintas áreas y donde se intenta construir una forma distinta de relacionarnos con la naturaleza. Lo que empezó como una iniciativa familiar se fue transformando en un proyecto colectivo.
En muy poco tiempo el centro tuvo un crecimiento muy grande. ¿Cómo se explica ese aumento en los casos?
Cuando comenzamos teníamos alrededor de 300 atenciones anuales. En el último año ese número llegó a más de 900 ingresos. Eso habla de que el centro se fue consolidando y cada vez más personas saben que existimos y recurren a nosotros. Pero también refleja la dimensión del problema. Cada animal que llega es la consecuencia de una situación que ocurrió antes: un atropellamiento, un caso de mascotismo, un tráfico ilegal o un conflicto con actividades humanas.
¿Cuáles son hoy las amenazas más frecuentes que enfrentan los animales en la selva misionera?
Una de las principales sigue siendo el mascotismo ilegal. Mucha gente todavía cree que tener un animal silvestre como mascota es algo normal o incluso algo positivo, y eso implica separar crías de sus padres y alterar completamente su comportamiento natural.
También vemos muchos casos vinculados al tráfico ilegal de fauna. Hay circuitos que capturan animales para venderlos en otras provincias o incluso en otros países. Y después están los atropellamientos en rutas, que son cada vez más frecuentes, además de ataques de animales domésticos o conflictos con actividades productivas.
¿Qué ocurre cuando un animal ingresa al centro de rescate?
Lo primero es la atención inmediata. Muchos llegan en estado crítico: heridos, desnutridos o muy estresados. La prioridad es estabilizar su estado de salud y garantizar condiciones seguras de cuarentena. Después comienza un proceso que puede ser largo y que incluye rehabilitación física y comportamental.
No se trata solamente de curar una herida. También hay que evaluar si el animal puede volver a comportarse como lo haría en su ambiente natural. Si reconoce amenazas, si puede alimentarse solo, si mantiene conductas propias de su especie.
El informe señala que más de 500 animales pudieron volver a la selva el último año. ¿Qué significa ese momento para el equipo?
Cada liberación es una alegría enorme, pero también implica mucha responsabilidad. Liberar un animal no es simplemente soltarlo. Hay que hacerlo en el momento adecuado, en el lugar correcto y con las condiciones necesarias para que tenga posibilidades reales de sobrevivir.
Muchas veces detrás de esa liberación hay meses de trabajo silencioso. Por eso cada caso representa una historia de esfuerzo, conocimiento y paciencia. Tenemos historias como la de Manuelita, un oso melero que ingresó siendo una cría huérfana y que pasó de alimentarse con mamadera a desarrollar de manera gradual sus instintos de búsqueda y defensa hasta poder regresar al monte; y la de un jote rescatado tras la destrucción de su nido en un hotel, criado en el centro hasta lograr el vuelo y finalmente liberado.
Cada uno de estos casos muestra que el rescate es solo el comienzo de un proceso largo que busca devolver a los animales a la vida en libertad.
Ustedes plantean que rescatar ya no alcanza. ¿Qué significa esa idea?
Significa que el rescate es sólo la consecuencia visible de un problema mucho más profundo. Durante mucho tiempo el trabajo estuvo enfocado en salvar animales, que por supuesto sigue siendo fundamental. Pero con el tiempo entendimos que si no abordamos las causas, los animales van a seguir llegando. Por eso empezamos a trabajar también en educación ambiental, en capacitación, en participación en procesos judiciales y en diálogo con instituciones del Estado.
Eso implicó ampliar el rol de la organización.
Sí, totalmente. Hoy, además de rescatar animales, participamos en denuncias y procesos judiciales vinculados a delitos contra la fauna. Durante el último año iniciamos siete causas judiciales. La idea es cortar los circuitos que generan estas situaciones. También participamos en mesas de trabajo con organismos públicos y en espacios legislativos donde se discuten normas vinculadas a la protección de la fauna.
¿Qué papel tiene la educación en ese cambio de enfoque?
Es fundamental. Si queremos que menos animales lleguen a los centros de rescate, tenemos que trabajar antes de que el problema ocurra. Por eso hacemos charlas en escuelas, capacitaciones para docentes, guardaparques, bomberos y comunidades.
La educación ambiental es clave para cambiar hábitos y para que las personas entiendan que la fauna silvestre no es una mascota ni un recurso, sino parte del ecosistema que sostiene la vida.
¿Cómo avanza la construcción de un hospital veterinario para fauna silvestre?
Ese es uno de los proyectos más importantes que tenemos. La idea es construir el primer hospital veterinario de alta complejidad para fauna silvestre en la región. Eso permitiría atender cirugías complejas, mejorar los diagnósticos y reducir traslados.
La obra avanzó bastante, pero el contexto económico nos obligó a pausar momentáneamente el proyecto. La prioridad siempre es sostener la atención cotidiana y los rescates.
Después de todo lo que vivieron y de todo lo que implica este trabajo, ¿qué lo motiva a seguir adelante?
La convicción de que cada vida importa. Pero también la certeza de que el cambio es posible cuando el cuidado se vuelve colectivo. Hoy sabemos que proteger la fauna no depende solamente de quienes rescatan animales. Depende de una sociedad que decide involucrarse.
Cuidar la vida silvestre implica educar, generar conciencia, fortalecer instituciones y construir reglas claras. Ese es el camino que estamos intentando recorrer.
Perfil
Fernando Piesco
Presidente de la Fundación Dante Piesco y Centro de rescates Ohana
Fernando Piesco tiene 43 años y es oriundo de Villa Ballester, provincia de Buenos Aires. Se asentó hace unos 11 años en Misiones. Fundó, junto a su esposa, la Fundación Dante Piesco -institución que preside desde hace 2 años-; y está alfrente del Centro de Rescates de animales silvestre “Ohana”, en Salto Encantado. Allí desempeña la coordinación
de equipo, entre quienes se propusieron salvar la fauna del área más biodiversa del país.

