Gregorio y João vivieron casi toda su vida sin conocerse. Gracias a la perseverancia de un nieto, lograron reunirse en un encuentro que parecía imposible
domingo 30 de marzo de 2025 | 12:25hs.
Años de distancia y un abrazo que lo rompió en segundos. Gregorio y João pasaron la mayor parte de sus vidas separados por miles de kilómetros, por decisiones ajenas y por el peso de los calendarios. Nacieron hermanos, pero el destino los convirtió en extraños. Hasta que alguien decidió que esa historia no podía quedar así.
La historia comienza en 1900, cuando nace en Siberia, Rusia, Alejandro Rudakof, bisabuelo de Marito Rudakof. En 1907, con apenas siete años, llega a Argentina junto a su familia escapando de la guerra. Se establecen en Misiones, en la colonia Picada Sueca. Años después, Alejandro se casó con Anastasia y tienen cuatro hijos: Antonio (1927), Gregorio (1929), Alberto (1933) y Pedro (1936). Todos forman sus familias en Campo Grande.
En 1938, Alejandro se separó de Anastasia y se marchó a Brasil, donde echó raíces en São Luís de Maranhão, a más de 3600 kilómetros de Campo Grande. Allí forma otra familia y tiene tres hijos más: Joao (1958), Alexandre (1960) y Deodoro (1963).

En 1952, regresó por única vez a Argentina para visitar a sus hijos y conocer a María, la esposa de Gregorio. Luego de esa visita, nunca más volvió. Gregorio y sus hermanos crecieron sin su padre, apenas manteniendo contacto por carta.

Pero Marito, nieto de Gregorio, no quiso que la historia se cerrara en un punto final tan abrupto. “Fue una materia pendiente para mí”, dijo a El Territorio, mientras recorría los detalles que lo llevaron a lograr el reencuentro. Primero, las llamadas por videoconferencia. Luego, la búsqueda de fechas, los contactos con familiares dispersos entre Brasil, Argentina y Europa. Finalmente, la posibilidad real de que dos hermanos de sangre, a sus 96 y 76 años, se pudieran ver.
La logística no fue sencilla. Marito, agente turístico, organizó el traslado desde Foz de Iguazú hasta Campo Grande. “No fue fácil conseguir un auto de siete plazas para esa fecha”, recordó. El día llegó con una estrategia sutil: Gregorio fue invitado a almorzar como un domingo cualquiera. En la mesa, una pista: era demasiado larga para la cantidad de comensales habituales. “¿Esperamos visita?”, preguntó. Le respondieron que sí, sin detalles. Y el tiempo siguió su curso, lento e implacable, hasta que alguien cruzó la puerta.

Cuando Gregorio vio a João, el reconocimiento fue una duda titubeante. “¡Puede ser!”, dijo al mirarlo de cerca. Segundos después, las lágrimas resolvieron lo que la memoria no terminaba de confirmar. Un abrazo terminó con los 70 años de distancia. Los testigos del encuentro apenas se atrevieron a hablar.
La historia, sin embargo, no se cierra ahí. Alexandra, hija de João y escritora, escribió un libro sobre el árbol genealógico familiar. Ella y su hermana Raíza planean viajar a Argentina para conocer a Gregorio. Quizá, dentro de poco, la mesa vuelva a ser demasiado larga, pero esta vez nadie tendrá que preguntarse por qué. Y cuando eso ocurra, las anécdotas, los recuerdos y las risas terminarán de coser los hilos sueltos de una familia que, a pesar del tiempo y la distancia, nunca dejó de ser una sola.

